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Amada Madre...

Actualizado: 12 abr 2018

..."Fuiste un árbol que nos cobijó y nos dio fuerza y seguridad para disfrutar la vida, para luchar por mejorarla. Siempre preocupada, solidaria, generosa. Siempre sin regateo alguno nos brindaste tu apoyo incondicional ante nuestros retos, caídas y éxitos."


En este post me me gustaría compartirte una carta que escribió una persona a la que yo quiero y admiro muchísimo a su amada madre, quien recientemente partió, palabras tan bellas y hermosas que a pesar de ser una dolorosa experiencia te dejan lleno de paz, de alegría de gratitud, de enseñanza.


Agradezco al Dr. Francisco Colmenares permitirme compartirlo en este espacio y quiero contarte que es un ser humano excepcional en toda la exención de la palabra, fue pilar importante para retomar mi vuelo. Te darás cuenta por que...


7 de abril de 2018.


Amada madre:


Fuiste un árbol, un manto protector, de aliento, generoso y pleno de amor en nuestra vida.


Hoy que partiste el cielo acompañó nuestra tristeza y llanto con su lluvia.


Tu recuerdo, como una luz perenne, nos acompañará y nos impulsará con emoción a encontrar las enseñanzas del sentido de la vida que con tanta sabiduría y humildad tú descubriste y nos compartiste hasta los últimos instantes en que estuvimos a tu lado.

Hija de Porfiria Rodríguez y Cirilo César, ambos de origen campesino, en un pueblo cercano a San Juan Teotihuacán, a quienes las carencias económicas los llevó a vivir separados continua e intensamente, formando una familia muy numerosa de hijas e hijos. Siendo la menor enfrentaste con dolor y tristeza la partida de tus padres y de todas tus hermanas y hermanos.


Fuiste una mujer extraordinaria para quien desde su infancia la vida y la adversidad fueron un reto permanente. Nunca te resignaste a lo que parecía ser tu destino y única opción de vida como te planteó nuestra abuela: trabajar y olvidarse del interés de estudiar.


Trabajaste y construiste con nuestro padre una familia de la que fuimos hijos venturosos María Antonieta, Patricia, Martín, Fermín y yo, más dos bebés que tristemente se fueron pronto. También, estudiaste y obtuviste tu certificado de enseñanza Primaria el 10 de mayo de 1993 cuando tenías 68 años de edad. Fue una ceremonia en la que te acompañamos con emoción y admiración tus hijos, nietas, nietos y amigas.


Solidariamente primero te dedicaste a vender legumbres y después una deliciosa “pancita”, mole y “sopes” para compensar los insuficientes e inestables ingresos de nuestro querido padre, que trabajaba de chofer de taxi. La exquisita comida que preparabas con el apoyo de María, nuestra querida prima, fue un centro de atracción de la gente del barrio y de otros lejanos, así como de toda la familia, incluyendo nuestras hijas e hijo, encontrando siempre su atención amorosa.


Día con día, con el dinero de ese esfuerzo, además de afrontar todos los gastos de la casa ante la enfermedad de nuestro padre, apoyaste como un pilar sus estudios. En ese tiempo eran los estudios profesionales de Patricia en medicina y de Fermín en química y en lo que ambos se graduaron.


Frente a la amenaza personal que a mi padre y a ti les notificó el director de la escuela de Preparatoria en 1966 de que me expulsarían si no me retiraba de participar como líder del movimiento contra el examen de admisión a las carreras profesionales de la UNAM y por la abrogación del plan de estudios de tres años que se le impuso a mi generación, tu reacción fue de apoyo incondicional a la razón de nuestra lucha. Fuiste siempre solidaria y amorosa cuando permanecí en la clandestinidad, ante la amenaza de aprehensión por la persecución policiaca a los trotskistas que había comenzado en 1966 con la detención de Adolfo Gilly, Oscar Fernández Bruno, Teresa Confreta de Fernández, Gildardo Islas y muchos otros compañeros del partido en que militaba, con el encarcelamiento y traslado a la cárcel de Jalapa de Alfonso Lizárraga,

Fernando Limón y Roberto Ching y con la aprehensión de Guillermo Almeyra y camaradas del partido en Poza Rica en 1967.


Durante los días del movimiento estudiantil en 1968 nos encontramos en distintos lugares eludiendo la persecución de la policía quien ya contaba con orden judicial para aprehenderme desde el mes de agosto y que con ése pretexto había entrado a tu casa para intimidarlos y buscar algún rastro para localizarme. Siempre al encontrarnos y despedirnos tus abrazos y palabras transmitían tu amor y apoyo. Después, cuando ya había sucedido la masacre del 2 de octubre y se intensificó la vigilancia alrededor de tu casa y nos volvimos a encontrar tu actitud y tu profunda solidaridad fue la misma. Tu preocupación y dolor por tantos estudiantes y personas asesinadas y encarcelados por esas jornadas, como me compartiste y sentíamos juntos, jamás te llevaron a recomendarme que abandonara y huyera. “Cuídate” era siempre la última palabra con la que me despedías.


El mismo día que te enteraste de mi aprehensión, el 20 de enero de 1969, te trasladaste con mis hermanos a la escuela de Economía de la UNAM y después a diferentes juzgados en que anunciaban que me iban a llevar para rendir mi declaración ya preso en la cárcel de Lecumberri. Hasta que no te recibió el director de la cárcel y nos encontramos cejaste en la búsqueda de mi localización y lo enfrentaste al decirle que se pusiera en tu lugar, como padre, cuando con ánimo prepotente para quebrar tu voluntad te recomendó que lo mejor era que abandonaras mi búsqueda pues tal vez “ya está muerto como muchos otros”.


Durante los casi tres años en que estuve preso en Lecumberri en las crujías H”, “M” y “N” no dejaste de visitarme casi todos los días, siempre acompañada de mi querido hermano Fermín. Cada domingo llegabas con Dominga, inolvidable prima, con mis hermanos Martín y Fermín y sobrinos, llenando el espacio de las celdas con la alegría de su presencia y los deliciosos platillos que disfrutábamos después de su cálida visita.

Aquella tarde del 31 de enero de 1970 cual muralla indestructible, junto a las familias que visitaban a otros compañeros presos nos protegieron con su vida y valentía impidiendo que la siniestra provocación que fraguó el gobierno, azuzando y drogando a los presos comunes para atacarnos, tuviera los resultados que habían calculado.